Noche de Muertos en Tzintzuntzan

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Por: Carlos Silva

En Zacatecas y casi en todo el país celebramos a nuestro fieles difuntos el Día de Muertos cada 2 de noviembre, pero existe un lugar muy especial en México que lo celebra durante toda la noche, al lado de la tumba de los seres queridos, alumbrados por la luz de las veladoras.

La tradición de noche de muertos tiene una muy fuerte presencia en Tzintzuntzan, Michoacán, donde la noche del primero de noviembre realizan una procesión, camino al cementerio de esta ciudad, con impresionantes arreglos de flores, velas y ofrendas, así como por la representación del juego de pelota con fuego a la usanza de los antiguos purépechas.

Tzintzuntzan (Lugar de colibríes) se localiza a 17 kilómetros de Pátzcuaro a orillas del lago. Fue centro del Imperio Purépecha y primera ciudad capital de Michoacán. En el pueblo se conservan construcciones prehispánicas conocidas como Las Yácatas.

El desfile pasa por lugares tan pintorescos y tradicionales como un convento franciscano con capilla abierta del siglo XVI, cuyo atrio cuenta con olivos que fueron plantados por Don Vasco de Quiroga, el mercado al aire libre con sus artesanías de tule, paja y barro, así como bordados con paisajes de la región. Al paso por las calles, todo el pueblo se va uniendo a esta celebración luctuosa.

Es impresionante caminar y ver las casas decoradas con papel picado de colores, altares de múltiples tamaños y formas llenos de veladoras y ofrendas, y tapizados por los pétalos amarillos de las flores de cempoalxochitl.

En el cementerio de Tzintzuntzan se respira un olor a flores, incienso, velas, pan de muerto y dulces tradicionales que se colocan en las grandes ofrendas.

Jessica de Jesús Hera de la comunidad de Ichupio, perteneciente al municipio de Tzintzuntzan, realiza cada año este viaje al recuerdo nostálgico. Menciona que esta tradición data desde 1525, cuando los españoles trataron de tomar posesión sobre las tierras purépechas, quienes se resistieron a la invasión; desde aquellos tiempos nace la tradición de llevarles a los muertos fruta, flores, cubiertos, veladoras, la comida que a la persona ya difunta le gustaba. “Es el único día que nuestros seres queridos vienen a visitarnos”, expresa Jessica con melancolía, “esta tradición es añeja y nosotros la inculcamos en nuestros hijos para que ellos la sigan conservando y algún día nos recuerden a nosotros”.

La fiesta de muertos o de las ánimas, como se le conoce en las comunidades indígenas purépechas, fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad en el año 2003.

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